Caminaba por la calle y entendí que no vivo en un mundo hecho a mi medida.
Miré puerta por puerta y eran todas del tamaño ideal.
Me acordé de las tantos escalones que había subido y ninguno era ni muy alto ni muy bajo.
Me senté en un banquito de la plaza y mis pies llegaban perfectamente al piso.
¿Pero quién me hacía sentir lo que realmente soy? ¿Quién me miraba pasar, volver, irme, pasarle por al lado y solo darme cuenta de su existencia para no chocarlo?
Fue un árbol.
Lo miré, y vi que nunca terminaba. Realmente me sentía diminuta.
Comprendí que nunca vamos a ser tan grandiosos y reales como ellos, los árboles, la naturaleza.
